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Última Colección

DE RIANXO A TOKIO,

 DISEÑO CON ALMA

10 Sep 2021

Esta es la historia de un milagro inesperado: triunfar en Japón desde Rianxo (A Coruña). Hace veinte años Charo Froján y Alfredo Olmedo crearon D-Due, una firma de culto para mujeres que buscan tejidos nobles y sostenibles, y patronaje de sastrería en prendas con intervención artística. Una moda anti-aburrimiento

Un edificio con paredes de cristal rodeado de un bosque de cedros, olivos y arces. También se ve el mar. Un estudio de estética nórdica con retales y patrones, cuadros y cómics, troncos con ojos dibujados, cajas de hilos… Y dos voces: las de Charo Froján y Alfredo Olmedo. Ella, hija de pequeños industriales textiles, se formó en la Escola d’Arts i Tècniques de la Moda de Barcelona y, después, en el Istituto Secoli de Milán. “Siempre supe que el patronaje era el lenguaje que tenía que dominar para controlar el volumen y  la forma. El papel lo aguanta todo. ¿Por qué Balenciaga era un genio? Porque su moda surgía de la estructura, de la ingería de la prenda. Siempre he estado obsesionada con ello”. Él, criado entre una librería y un taller de artes gráficas, quiso siempre ser pintor y estudió en la Escola Massana. “Fui un estudiante rápido: era un cervello, influenciado por los Proust, Goethe y Mann de la librería familiar. Cuando mi madre me decía “te voy a echar de casa”, yo contestaba: “¡mándame a Summerhill!”.

Ambos conforman D-Due, la firma gallega que vende en las mejores tiendas multimarca de Italia, Suiza o Japón, su país talismán, donde poseen showroom propio en el epicentro de la moda: Omote-Sando

Rianxo (A Coruña) es un pequeño pueblo pesquero, de ambiente rural y sin colores turísticos, permanece en él un poso de belleza salvaje. El microclima de la ría de Arousa congrega una comunidad de artistas, entre ellos los arquitectos David Chipperfield y  Alberto Seoane, o el pintor Álvaro Negro, pareja de Charo. Esta es una tierra obstinada, silenciosa, de un misticismo de raíz. No se trata de un lugar de paso. Las bateas de las que cuelgan ristras de mejillones y las mariscadoras que recogen berberechos en bajamar, al igual que los campos de camelias y los hórreos, entretejen una atmósfera animada y al tiempo intimista. Esta semana presentan su nueva colección, realizada en sus dos talleres con un equipo de 25 colaboradores, a sus clientes internacionales. En Rianxo luce el sol.

La suya es una de las pocas marcas instaladas en el ámbito rural: ¡menudo reto!

Alfredo Olmedo: Somos especialistas en trabajar en la hostilidad. Hacer una colección desde aquí para todo el mundo, sin apenas marketing, es un reto. Pero a la vez tenemos un ADN que ahora se reivindica, a veces sin impostura: diseñamos y creamos en un proceso artesanal. Todo lo hacemos aquí. No producimos nada fuera. Por eso hemos conseguido mantenernos y ser estables: bordamos, confeccionamos, cortamos aquí. Pagando costes reales, aunque eso sea más caro.

Charo Froján: Presumimos de que las prendas, cuando salen de aquí, tienen un proceso de vivencia, una historia. Somos frikis, creativos, anti-convencionales: el hecho de vivir aislados nos permite vivir en nuestro mundo propio. Con mayor libertad. Y tenemos la oportunidad de enseñarle este valor al mundo.

Ustedes vivieron la Barcelona de finales de los 80 y 90, ¿les dejó huella?

A. O.: Yo me dije “o voy a la Massana o entro en un monasterio”. Barcelona era una pasada: tenía una efervescencia creativa; ¡ibámos a comernos el mundo! España no estaba acostumbrada a aquella dinámica. Los desfiles de Gaudí eran la bomba…

C. F.: Yo aprendí mucho. Había una gran sensación de ebullición; Barcelona tuvo un momento increíble, parecido a Berlín…Luego me fui a Milán, donde tuve la suerte de trabajar con Paky Lorini, diseñadora de alta moda con un conocimiento alucinante de la sociedad milanesa. Les dije que no quería cobrar, y, a cambio, me llevaban a fiestas y recepciones. Fue un gran aprendizaje. Alucinaba, por ejemplo, con los sastres en los que colaboraba con Gianfranco Ferré. E Iba a las fiestas más vips de la ciudad. Aquel fue mi gran aprendizaje. Un día vi que estaba separando en montones las invitaciones para una fiesta, y pregunté la razón: “Porque estas son las que tienen que llegar cuando haya pasado la fiesta”…

Su iconografía nos traslada a un paisaje de higos, castañas, ciervos… un mundo de cuento, con un pulmón alpino y otro marinero. La prenda es el lienzo. Así la entienden y así la serigrafían, o la dibujan a mano, creando una historia. La marca está concebida como un estudio-laboratorio de ideas donde hasta construyen sus propios sistemas de producción. “Todo se hace en la casa”, insisten.

Vivienne Westwood, Paul Smith o Yamamoto eran algunos de los espejos en los que miraban estos personalísimos creadores. Cuando participaron en la primera feria Bread&Butter, en Barcelona, les invitaron a Berlín. Allí, firmas como Top Shop les encargaron colecciones que ellos rechazaron. Un agente italiano los descubrió, y empezaron a vender en las ferias de moda de París, Milán o Copenhague. “Siempre venían muchos japoneses a nuestros stands; había algo que conectaba con ellos… Y decidimos ir a Rooms, la feria de Tokio”.

 Y¿ qué ocurrió con los japoneses?

A.O.: Los japoneses empiezan comprándote prendas por 3.000 euros; es una especia de regla tácita. Y si funciona, van a más. Se interesó por nosotros HP France, un grupo de moda que también tiene galerías de arte, y nos hicieron ver nuestro producto de otra manera: resaltaban el factor artístico y la sensibilidad estética. Enseguida nos propusieron estar en el Dover Market Street de Ginza –donde también vende Comme des garçons–, y hace diez años nos plantearon abrir tienda propia. Ellos creen en una especie de segunda vida de cada prenda… buscan la pureza, y nosotros replicamos desde la lencería antigua doméstica, a la cerámica o el bosque animado.

¿Cómo definirían sus colecciones?

C. F.: Empezamos a hacer trajes de fiesta anticonvencionales, muy frikis, tremendamente irónicos, utilizando tejidos de lujo. La colección dio un vuelco cuando entramos tan fuertes en el mercado japonés. Cambiamos el soporte: empezamos a trabajar con tejidos naturales, de un modo más orgánico y artístico. Y trabajamos más con proveedores de proximidad.

A. O.: Nuestro lino grueso, rústico, es el más maravilloso del mundo; lo traemos de Portugal y lo teñimos artesanalmente. Utilizamos algodón masculino, más opaco. Y contamos con los talleres artesanales gallegos. Sacamos prototipos de un dibujo a lápiz. El día a día de D-Due consiste en plantear la prenda, escoger el tejido, cortarla, y al minuto montarla. A cincuenta metros vive la bordadora; cruzo la puerta y le digo “Gelines, aquí te dejo la prenda para bordar con puntada pequeña. A la hora la recogemos”. Eso es un lujo…

De D-Due ha oscilado entre la Velvet y Proust, The Smiths y Morandi –a quien le dedicaron una colección–, Henry James y el manga, Hergé y los pinceles chinos. Su propuesta consiste en una moda anti-aburrimiento. “No hay censura en el acto creativo –dicen–. Somos transgresores, y a la vez trabajamos por la conservación del entorno. hacemos moda sostenible de forma natural”. Sin imposturas, más allá de la tendencia y con un ferviente amor por la cultura y la tierra. A dos voces.