Un día en el Paraíso

A day in Paradise, a summer tale by D-due

D-due recrea un imaginario en torno a la colección Primavera-Verano 2018 a través del cuento de verano “Un día en el Paraíso” y de su protagonista, Tristán, que vive la aventura más fantástica que jamás haya conocido nadie.

Me gustaría explicar que todo lo que vemos no es como lo vemos sino como nos parece que lo vemos. El color, por ejemplo, existe porque existe la luz. Si no hay luz, no hay color y si no hay color, todo es triste y aburrido. Imagínense el mundo sin color, ¡sería insoportable! Las cosas no serían las mismas, todo y todos parecería y pareceríamos iguales.

Al principio del principio, las cosas eran en blanco y negro porque casi no había luz; todo estaba en tinieblas. Todo estaba en sombras. Sé que esto puede parecer imposible pero juro que era así. Lo sé porque me lo contaron. Me lo dijo mi padre, que a su vez se lo había dicho el suyo y así sucesivamente hasta sabe Dios cuándo.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

El caso es que la vida era horrible porque el tiempo no transcurría y si lo hacía, parecía que siempre era la misma época, el mismo instante, la misma situación. La luz y el tiempo son muy parecidos y uno no puede existir sin el otro. Cuando las cosas no tenían color eran pardas y no había estaciones: el invierno y el verano eran iguales. Tan solo pensar que no existía el verano, ¡se me ponen los pelos de punta!

Para mí, el verano es lo mejor que te puede pasar y eso que siempre me toca hacer algo, aprovechar el tiempo, vamos, aunque se supone que esta época es precisamente para no hacer nada, descansar y lanzarse a la aventura. Pero lo que quería contarles es lo que pasó con todo ese lío del color y tal…

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

Tristán

Había un hombre, Tristán, que era muy valiente. Un tío raro que siempre andaba solo y cismando. Una de esas personas de las que todo el mundo se burla. Por algún oscuro motivo, él sabía que el color se encontraba en alguna parte y, ni corto ni perezoso, se lanzó en su búsqueda. Puede parecer increíble, pero con un pequeño bote se echó al mar al encuentro de la Isla Prometeo, un islote muy pequeño, perdido en medio de un archipiélago remoto que nadie conoce.

El tal Tristán sabía de la isla por un viejo mapa que había comprado en la tienda de una gasolinera que hay cerca de la iglesia de San Eustaquio y que está abierta las veinticuatro horas del día. Lo encontró entre uno de esos libros con mapas de carreteras y las cajas de Donuts mientras buscaba una guía de Portugal. Entre estas cosas había un papelito doblado con las indicaciones para llegar a una mancha pequeña con forma de habichuela, alrededor de la cual alguien había escrito la palabra “PARAÍSO”, -así, en mayúsculas-.

Los ojos se le salieron de las órbitas porque en aquella época la gente hablaba de que en algún sitio existía el Paraíso y no supo por qué, pero oyó voces y sintió que lo llamaban desde allí.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

Isla Prometeo

Con una pequeña embarcación y poco más se lanzó a la aventura más grande que nadie haya conocido. Después de muchas vicisitudes y un largo viaje, Tristán llegó a la Isla Prometeo. ¡Joder, qué sitio! –pensó cuando la vio-. Era preciosa. Todo tenía color, había muchas variedades de flores, animales raros y mil cosas hermosas que la gente se estaba perdiendo. Lo cierto es que estos elementos ya estaban en el mundo pero como no estaban coloreados, parecían idénticos.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

El caso es que en la isla había un volcán en erupción constante. Bueno, casi era un volcán, porque en realidad se trataba del sombrero emergido de un naúfrago, guardián de tanta exhuberancia. Roberto de la Rosa era el único superviviente de un motín en La Amistad, una goleta española en la que se sublevó la marinería. Eternamente encolerizado, se apostaba bajo la Isla Prometeo, descargando su furia con cada erupción de su sombrero.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

Su única compañía era un cefalópodo centenario que dormía sobre sus rodillas. El mar aplacaba la ira de uno y otro. A un lado del volcán, descansaba un prisma de cristal de cuarzo que, atravesado por los rayos y centellas de cada explosión -¡¡CHAS, CHAS!!-, arrojaba colores sobre todas las cosas.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

Las chicas del Paraíso

No había duda de ningún tipo: estaba en el Paraíso. Un lugar donde los monos bailaban y la luna estaba tan próxima que se podía alcanzar andando. De hecho, estaba tan cerca, tan cerca que un astronauta se había acercado para ligar con las chicas del Paraíso. Estas mujeres son las más guapas que hayan visto en su vida, es imposible no enamorarse de ellas. Además, siempre están contentas y sonríen dibujando una media luna de sandía en su cara. Pffff, son como diosas tropicales, parecen de neón… y en la Isla Prometeo siempre es verano.

Tristán se sentó en una piedra para disfrutar del nuevo panorama. La verdad es que estaba un poco desanimado porque el viaje había sido muy largo y, por otro lado, le daba mucha pena que el mundo se estuviera perdiendo toda aquella fiesta del color. Si por él fuera, habría robado la pirámide y se habría largado pitando. Pero no lo hizo; prefirió contarle a los monos que atesoraban la isla que quería encender el planeta y compartir con todos aquella verbena.

Los monos -que son unos animales muy sensibles- lloraron cuando Tristán les contó su historia y lo arduo que había sido su viaje en busca del color. Entonces, le ofrecieron un pacto: le darían una pirámide “mágica” a cambio de que no le contase a nadie el camino que llevaba al Paraíso, ya que la isla era muy pequeña y no querían que se les llenara de gente -¡a ver si con el peso se iba a hundir!-.

A Day in Paradise, a summer tale by D-due

La pirámide de cristal

Tristán recogió la pirámide de cristal, se despidió de las chicas y del astronauta, de los monos, de los loros y toda cuanta extraña criatura allí habitaba y se fue por dónde había venido. Al llegar de nuevo a casa, lo primero que hizo fue colocar el prisma sobre el tejado para que lo iluminara la luz del sol, y de pronto -como si de una de esas libretas para colorear se tratara- el planeta se tiñó de nuevos matices. Las cosas empezaron a tomar vida y al igual que cuando empezó la televisión en color, la gente se sorprendía de haber vivido tanto tiempo en blanco y negro.

Ahora estamos en manos de nuestro amigo Tristán y dependemos de su inmensa generosidad. Si decidiese algún día llevarse la pirámide de nuevo al Paraíso, el mundo tal y como lo ven ahora, se volvería un cenagal. Volveríamos al principio de todo, cuando el tiempo no transcurría y no existían las estaciones. Solo tienen que cerrar los ojos para imaginárselo. ¡Un asco!